Cuentan que en una carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar diferencias. El martillo ejercía la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y además se pasaba todo el tiempo golpeando. El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo. Dijo que había que darle demasiadas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro, que se la pasaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera perfecto.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente la tosca madera inicial se convirtió en un una hermosa banqueta.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo: “Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos”.
La asamblea encontró, entonces, que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas, y observaron que el metro aportaba precisión. Se percibieron a sí mismos, entonces, como un equipo capaz de producir y hacer objetos de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.

Algo similar ocurre en las organizaciones. Confundimos, muchas veces, “búsqueda de excelencia” –que procura estar atentos a los posibles errores para anticiparlos o capitalizarlos en mejoras– con buscar los defectos en las personas y hacérselos sentir a través de la crítica.
El corolario de este malentendido lo vemos a diario al observar a gente capaz, sin la autoconfianza necesaria para desplegar sus mejores recursos, lo que a su vez genera climas de tensión y negatividad desde los cuales se hace sumamente difícil desarrollar flexibilidad e innovación, tal como se requiere hoy en día.
Lo más curioso de este fenómeno es que las personas a menudo no nos damos cuenta de las maneras en que somos al mismo tiempo protagonistas y víctimas de este modo tan tóxico como invisible de establecer vínculos en forma cotidiana.
En cambio, cuando tomamos la decisión de mirar con atención en las capacidades propias y las de los demás, florecen los mejores logros de conjunto.
Y no es inocente que utilicemos el verbo “florecer”, en un momento cuando observamos tantas empresas marchitándose y secándose con mayor o menor conciencia de ello.
Peter Senge señala que “los gerentes van a tener que aprender a operar como jardineros”, pues éstos saben perfectamente que la mejor semilla no florece ni da fruto si no se prepara la tierra en la oportunidad adecuada.
Las personas son las semillas que se insertan en el tejido organizacional (del que también se nutren y alimentan día a día), que está formado por creencias, valores, emocionalidades, hábitos y costumbres que hacen que en esa tierra y con ese clima ciertos resultados estén disponibles y otros no.
Mira a tu alrededor y pregúntate:
• ¿Qué opiniones automáticas te surgen sobre el hacer de las personas con las que trabajas a diario (colaboradores, jefes, proveedores, clientes)? ¿Son opiniones posibilitadoras, o más bien te reconoces con la tendencia a quedarte con los defectos de los demás?
• ¿Qué juicios tendrán sobre tu gestión laboral las personas con las que trabajas a diario? ¿Serán juicios posibilitadores, o estarán centrados en la crítica hacia tus carencias?
Quizás la reflexión de Jacque Fresco –“no nos equivocamos. Hacemos lo que sabemos”– resulte fértil, pues en el momento de hacer algo lo hacemos con lo mejor de nosotros, o por lo menos con lo que creemos, en ese instante, que es lo mejor para esa situación. Por eso, reflexionemos sobre la opción de focalizar, a partir de hoy, en los recursos más que en los defectos, como una oportunidad para animarnos a bajar resistencias, a contribuir a la transformación de algunos hábitos culturales contraproducentes, y a reconstruir el tejido básico de confianza y respeto que muchas veces se encuentra agujereado.
Recordemos la reunión de la carpintería: para generar los resultados colectivos que buscamos tendremos que aprender a mirar los puntos fuertes de cada uno y, antes de juz­gar al otro, reflexionar incluso si nosotros haríamos algo muy distinto y mejor, si estuviéramos viviendo su coyuntura.
Anímate a revisar tu enfoque de las situaciones si algo de lo dicho te ha tocado: reconoce el esfuerzo y las buenas intenciones de los demás, aun si los resultados no son los esperados, ya que a menudo nos juzgamos a nosotros por nuestras intenciones y a los demás por los resultados observables. Comprométete con una cultura de aliento y reconocimiento. Lo que siembres es lo que cosecharás.
“Comprenda primero para pretender ser comprendido.” Stephen Covey